martes, 31 de agosto de 2010

En mi día de mierda…



Ayer fue mi día de horror máximo y la razón: ninguna. Simplemente son esos días que empiezan mal y punto, aunque estoy segura que el cielo gris es un motivo fundamental para estar de muy mal genio.

La cosa es que ayer NO fue mi día y como siempre pasa en esos momentos, uno suele recordar cosas malas y unirlas y mezclarlas y hacer del día algo mucho peor.
Ayer me acordé de mi otro día de furia –esta vez justificada- contra la instalación de la termoeléctrica en Punta de Choros. Me acordé de cómo me sentí durante todo el día, atada de brazos, pensando que en este mundo una persona común y corriente no puede hacer nada por mejorar las cosas. Me acuerdo que estuve TODO el día escupiendo en las redes sociales contra el gobierno, el presidente, los antiguos mandatarios…contra la gente de derecha, contra el mundo entero por ser como es. En el fondo, contra el poder.

Cerca del medio día ya se escuchaban las iniciativas de marchas y protestas y con el paso de las horas se convirtió en un hecho: a protestar todos en Alameda con Ahumada. No lo pensé mucho, decidí que tenía que estar en esa marcha, que era la manera de poner en acción lo que estuve diciendo en palabras todo el día.

A las 19:30 estaba instalada en el paseo Ahumada, con mi pololo y con cientos de personas, muchos niños, muchas familias, pancartas y peluches de pingüinos y delfines.

Consignas en contra de la termoeléctrica y a favor de la vida, las que después de un rato y con la abrupta intervención del guanaco, cambiaron de tono, sin dejar de ser “tiernas y pelolise”: “¡¡¡Si al pingüino, no al guanaco!!!” se escuchaba mientras muchas rubias vestidas con atuendos floreados corrían a esconderse del camión lanza agua. Hay que reconocerlo, muchos dijeron que había sido una protesta cuica y en gran parte lo fue.

Era la protesta de los “hippies de mierda” con plata, de los rubios con conciencia social, de la nueva juventud “verde”. Y yo ahí era una más del montón, con la diferencia de que si bien escuché a muchos gritar garabatos y palabras de odio hacia la represión, la mayoría terminaba riéndose, escapando lejos o bajando rápidamente las escaleras del metro. En el fondo, para muchos era un juego, algo gracioso. Escapar del guanaco y de los pacos disfrazados de transformers era el momento de entretención de sus días.

Yo escapé un par de veces del guanaco e intenté alejarme de las lacrimógenas como todo el mundo. Y también fui de las que se fue temprano, cuando la cosa ya se ponía más fea y dejaba de ser pacífica. Pero por dentro sentía odio, un desconcierto enorme, una pena que me hacía pensar en lo frágil que somos frente a ese poder hecho máquina, convertido en violencia. Quería llorar y a la vez, me sentí impulsada a romper cosas, a patear basureros, a quebrar vidrios. Sentí las ganas de vandalismo, la necesidad de demostrar mi odio hacia esta sociedad enferma, llena de simbolismos absurdos, de materialismo innecesario. Sentí lo que deben sentir esos encapuchados que uno ve en la tele, que rompen las cosas, que tiran piedras…y me acordé de mí cuando decía “¿pero por qué hacen eso?! Lo entendí todo tan bien. Sentí mi mente tan clara y a pesar de la rabia, sentí que lograba encontrar en el fondo, cierta paz que sólo te la entrega el abrir los ojos…

Entendí realmente lo que significa la falta de educación. No como cuando uno dice “el tipo flaite” o “el weón mal educado”. No, no era esa falta de educación sino una distinta, aquella que tiene al pueblo con las manos amarradas, aquella falta de educación que no les permite surgir, que no les permite SER personas, que no les entrega herramientas para salir adelante, que no les permite ejercer ciudadanía, ser civilizados con todo lo que eso implica, es decir, con herramientas para ejercer nuestros derechos civiles.



Sentí lo que significa estar en contra de toda esta mierda, sentí claramente lo que es darse cuenta de la manipulación a la que nos vemos sometidos. Comprendí que a través de la rabia y del odio las personas abren aún más los ojos, y que el problema no es darse cuenta de las cosas sino cómo aquella rabia se logra canalizar. Me dieron ganar de romper cosas y de quebrar vidrios, pero en mi mente no existía esa opción. En mi cabeza pensaba cómo hacer algo frente a todo esto, como crear un medio para que la gente se exprese y que esa expresión no quede sólo en un papel…pensé en escribir esto, en formar parte de algún grupo organizado, pensé mil veces en cómo…cómo…de qué manera….qué se puede hacer….

Ayer fue un día de mierda porque me sentía gorda, me sentía fea, sentía que era insignificante porque era pobre, porque no tengo plata para despilfarrar y porque me gustaría estar de guata al sol en una playa caribeña. Pura mierda femenina, algo válido sin duda, pero en el fondo sin ningún peso, sin sentido alguno.

El día de mierda real es aquel en el que te das cuenta que la vida que te pintan acá y ahora no vale nada si no eres conciente, si no vives y sientes a concho, si no te das cuenta que somos marionetas…si no abres los ojos. Ese día de mierda, en el que el odio es real y sincero, es el mejor día de todos. Son esos días de mierda los que necesitamos cada vez más en nuestras vidas. Son esos días los que nos permiten avanzar, los que nos entregan claridad para pensar, decidir y actuar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Ale!
Supe lo de la protesta, me hubiera gustado participar, expresar mi malestar frente a tanto atropello.
Sé que las cosas no van a cambiar de la noche a la mañana, pero con que uno exprese lo que piensa y siente, ya es un gran paso, ya es estar al otro lado de la orilla.
Muy buen post.

Saludos.

Alex

Diego Andrés dijo...

Hola Ale.
No sabía que seguías con el tema de los blogs, pero está claro que lo tuyo es comunicar, así que me parece muy bien que lo hagas.
Está entretenido el blog, así que ánimo con la escritura.
Un beso